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Del financiamiento de proyectos al financiamiento de ecosistemas 

| Catalina Escobar |

Durante años, gran parte de la cooperación internacional y la filantropía han funcionado bajo una lógica relativamente clara: identificar organizaciones sólidas, financiar proyectos concretos y medir resultados específicos. 

Pero esto está cambiando. 

Esta semana hablé con una fundación financiadora que está transformando su modelo de apoyo. Ya no quieren concentrarse únicamente en organizaciones individuales ni en proyectos aislados. Su apuesta ahora es intervenir sobre los factores que hacen posible que un ecosistema funcione en un territorio determinado, es decir, las redes, las conexiones, las capacidades locales, el entorno habilitante y las condiciones que permiten que las iniciativas en determinado tema prosperen o fracasen. 

En otras palabras, es migrar de financiar proyectos, programas u organizaciones, y empezar a financiar el contexto que lo hace posible. 

Esto cambia profundamente las reglas del juego para el sector social. 

Durante mucho tiempo, las organizaciones sociales aprendieron a diferenciarse mostrando impacto propio, por ejemplo, cuántas personas atendían, cuántos programas ejecutaban, cuántos indicadores podían reportar. 

Pero los financiadores más sofisticados están empezando a hacer otro tipo de preguntas: 

  • ¿Con quién trabajan?  
  • ¿Qué actores conocen y articulan?  
  • ¿Qué capacidades fortalecen en el territorio?  
  • ¿Qué construyen más allá de su propia organización?  
  • ¿Qué tan reemplazable o conectada es su intervención dentro del ecosistema?  

La conversación ya no gira únicamente alrededor de la capacidad individual. Gira alrededor de la capacidad de articulación, y este es un gran cambio cultural. 

Si los fondos empiezan a priorizar ecosistemas, las organizaciones que antes competían por recursos tendrán que aprender a colaborar entre sí, porque la lógica del financiamiento empieza a premiar la capacidad colectiva de resolver problemas complejos. 

Los grandes desafíos sociales —empleabilidad, transición digital, cambio climático, salud mental, inclusión productiva— rara vez se solucionan desde una sola organización. Requieren múltiples actores y sectores coordinados: empresas, gobierno, academia, organizaciones sociales, comunidades y financiadores. Por eso, cada vez más fondos están entendiendo que financiar actores desconectados genera impactos limitados y difíciles de sostener. 

Fortalecer el ecosistema puede ser más lento. Más complejo. Más difícil de medir. Pero también puede generar cambios mucho más duraderos.  

Para cambiar un sistema o un ecosistema, comparto algunos conceptos desde mi experiencia en el sector social, inspirados en Donella Meadows, una líder en pensamiento sistémico. 

 – Cambios prácticos: Estos son los ajustes más tangibles, como la implementación de métricas, la asignación de recursos y la creación de estándares. 

– Cambios estructurales: Aquí transforman los flujos de información, las reglas que rigen los sistemas y, la distribución del poder. 

 Cambios culturales: Este es el nivel más profundo y desafiante, donde abordamos los objetivos, valores, las creencias, paradigmas y el propósito de las estructuras y dinámicas sociales. 

Todo esto suena coherente con hacia dónde se mueve el financiamiento, pero no necesariamente con cómo están organizadas hoy muchas entidades sociales. Mientras algunos actores comienzan a adaptarse a esta mirada de ecosistema, otros siguen respondiendo con lógicas pensadas para otro momento del sector. Entre esas dos realidades se abre un espacio de tensión que vale la pena nombrar. 

Muchas organizaciones todavía operan bajo una lógica de competencia individual: 

  • proteger contactos,  
  • diferenciarse constantemente,  
  • evitar compartir información,  
  • construir marca propia por encima de construcción colectiva.  

Y eso está bien, o ha estado bien. Pero el problema es que el entorno de financiamiento está evolucionando más rápido que muchas organizaciones. Quienes no desarrollen capacidades de colaboración, articulación territorial y construcción de redes podrían empezar a perder relevancia frente a actores capaces de movilizar ecosistemas completos. 

La excelencia organizacional sigue siendo fundamental, pero ya no parece suficiente por sí sola. Reconocer esta tensión no es un ejercicio de alarma, sino de realismo estratégico, A partir de ahí, podemos empezar a imaginar cómo podría reconfigurarse el panorama de la financiación y del impacto social en los próximos años. 

Este cambio puede transformar profundamente la manera en que entendemos el impacto social: 

  • Más fondos para plataformas y articuladores.  
  • Más financiamiento para infraestructura compartida.  
  • Más apoyo a redes territoriales.  
  • Más métricas sobre colaboración y fortalecimiento sistémico.  
  • Menos interés en proyectos aislados sin capacidad de conexión.  

Y quizás esto lleve a una redefinición de qué significa liderazgo en el sector social, pues ya no será solo ejecutar bien, sino ayudar a que otros también puedan hacerlo.


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catalina.escobar
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