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Del taller al poder: repensar el financiamiento social en América Latina

Durante años nos han dicho que el problema del sector social latinoamericano es la falta de fondos. Ahora, con el repliegue de la cooperación internacional, esa historia parece confirmarse. Solo en 2025, la ayuda oficial al desarrollo cayó un 23%, de 215.000 a 174.300 millones de dólares, la mayor contracción anual que la OCDE haya registrado, y la Red Argentina de Cooperación Internacional (RACI) advierte que el 40% de las organizaciones de la sociedad civil está en riesgo de desaparecer. Los datos del sector confirman la magnitud del golpe, dos de cada tres organizaciones que dependen de fondos externos vieron reducido su financiamiento internacional en un solo año, y el 61,8% tuvo que modificar su agenda o sus prioridades temáticas, no por decisión propia sino como respuesta forzada al nuevo contexto. Pero un sector no se debilita solo porque llegue menos dineros, se debilita cuando ese dinero nunca fue suyo del todo, cuando las prioridades se fijaron lejos del territorio y el éxito se midió en talleres realizados, listados de asistencia y evidencia fotográfica. La crisis no derrumbó un buen sistema, expuso uno que ya era insostenible. Por eso creo que la salida no está en encontrar quién reemplace al donante que se fue, sino en cambiar quién decide, quién planifica y quién evalúa. 

Vale la pena nombrar el problema con precisión, porque no es solo que haya menos recursos, es la lógica con la que se movilizaban. En esa lógica, la participación de las comunidades era un requisito de formulario, no un poder real. El taller se convirtió en el entregable estrella. Es fácil de contar, fácil de fotografiar y difícil de sostener como transformación verdadera. La voz territorial fue invitada una y otra vez a validar decisiones ya tomadas, casi nunca a tomarlas. Pese a años de discurso sobre localización, el financiamiento humanitario que llega de forma directa a los actores locales y nacionales lleva años estancado entre el 3 y el 4 por ciento, y no alcanza el 10 por ciento ni sumando lo que llega por vía indirecta, muy lejos del 25% comprometido en el Grand Bargain de 2016. La mayoría de las iniciativas de localización trasladan la responsabilidad de ejecutar sin mover quién controla el financiamiento ni quién define qué cuenta como éxito. La prueba llegó con el ajuste, cuando la cooperación empezó a recortarse el dinero que llegaba a los actores locales se contrajo más rápido que el total, es decir, lo local fue lo primero en caer. Es una reforma de fachada que deja intacta la estructura que produce la desigualdad. Cuando el financiamiento premia la actividad por encima de la solución, el sector se vuelve socialmente irrelevante justo cuando más falta hace. 

Descolonizar el financiamiento no significa delegar la ejecución, significa entregar las dos funciones que el modelo tradicional siempre se guardó para sí, que son planificar y evaluar. Quien vive un problema en su territorio debe poder decidir cómo se aborda y cómo se mide si la respuesta sirvió. En Atípica estamos poniéndolo a prueba, y no pretendemos que sea sencillo. Ahora mismo desarrollamos una consultoría para construir una metodología que financie proyectos entregando el liderazgo a los liderazgos comunitarios y a la comunidad en general, con el propósito explícito de superar los errores y relaciones de extracción de los modelos que heredamos. El punto de partida es una honestidad que cuesta admitir.  

Persiste la desconfianza, de los financiadores hacia el territorio y del territorio hacia estructuras que lo han usado como paisaje de fondo. No la resolvemos ignorándola, la asumimos como parte del camino y nos disponemos a aprender y reaprender con los liderazgos, no sobre ellos. Eso significa trasladarles el diseño de los proyectos desde el inicio, en lugar de consultarlos al final para legitimar lo ya decidido. Significa cambiar los indicadores que cuentan talleres y asistentes por indicadores de transformación real, definidos junto con la comunidad. Significa abrir la evaluación para que quien vive el problema valore la solución, y no una consultoría externa que llega y se va. Y significa reconocer que reconstruir la confianza toma tiempo y recursos, y que ese tiempo hay que financiarlo, no descontarlo. 

Nada de esto es posible sin autonomía financiera. Y la autonomía no se consigue cambiando un donante por otro, porque eso perpetúa la misma dependencia con otro rostro. Se consigue diversificando de una forma que le permita a la organización decir que no a los fondos que quieren colonizar su agenda. Los fondos locales y territoriales están demostrando que otra manera de mover recursos es posible, más cercana, más ágil, en moneda local y con menos burocracia. Como se ha planteado en los espacios de fondos del Sur, la solución a la brecha de financiamiento no llegará solo con más dinero, sino con una manera distinta de hacer filantropía. A eso se suman los ingresos propios que financian la misión sin condicionarla, las alianzas sur-sur que hacen contrapeso a la dependencia histórica del norte y un cambio de postura tan simple como decisivo, que es buscar financiadores alineados con las prioridades de la organización y no al revés. 

Aquí quiero hablarle directamente a la filantropía, a la global y a la local por igual, porque la transformación no puede recaer solo sobre quienes reciben. Descolonizar el financiamiento también es una tarea de quienes lo otorgan. A la filantropía internacional le pido que deje de confundir acompañamiento con control, que financie procesos y no solo productos, y que acepte que ceder la planificación y la evaluación a los territorios no es una pérdida de rigor sino una ganancia de legitimidad. Confiar cuesta, y lo entiendo, pero la desconfianza histórica hacia el Sur casi nunca se sustentó en evidencia, sino en una idea heredada de quién sabe y quién no. A la filantropía local y regional, que muchas veces opera en silencio y sin el reconocimiento que merece, le pido que se asuma como protagonista y no como suplente del norte que se retira. Los fondos comunitarios y territoriales de nuestra región ya demostraron que se puede financiar con cercanía, con confianza y en los tiempos reales de las comunidades. No necesitamos que la filantropía nos rescate. Necesitamos que se siente a construir con nosotras, dispuesta a desaprender tanto como pedimos desaprender a todos los demás. 

La crisis de la cooperación se puede vivir como una tragedia o se puede aprovechar como una oportunidad de refundación. Descolonizar el financiamiento no es un gesto moral ni una moda del vocabulario del sector. Es la condición para que el impacto sea real y para que recuperemos la confianza que perdimos el día que confundimos actividad con transformación. Las organizaciones que devuelvan la planificación y la evaluación al territorio, y que se refinancien para poder decir que no, no solo van a sobrevivir al repliegue de la ayuda. Van a definir lo que significa movilizar recursos con dignidad en América Latina. La pregunta que me quedo haciendo no es cuánto dinero perdimos, sino cuánto poder estamos dispuestos a compartir. 

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Autor
FernandaBedoya
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